Opinión

¿Atención, firmes?

Las Fuerzas Armadas atacaron hace unos días campamentos de la guerrilla colombiana que se habían establecido en territorio nacional debido a su vista gorda, o a su generosa licencia. Es el primer acto ajustado a la conducta y a los fundamentos militares desde el ascenso de Chávez.
Elías Pino Iturrieta
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8 de noviembre de 2026

Muchos nos hemos quejado de la lentitud de la transición debido a que sus actores no dan pasos firmes hacia el porvenir, o porque la impaciencia no se conforma con retoques. Sin embargo, de sopetón, las señales de la realidad nos desmienten. Es el caso de los movimientos militares sucedidos en el curso de la semana que está terminando, cuya trascendencia nos pone frente a una novedad debido a cuyo impacto se rompe la sensación de pereza o modorra que perturbaba tanto. 

El hecho de que se trate de un asunto que incumbe al ámbito militar le concede especial entidad a lo sucedido, si partimos del considerar que la sociedad ha sido rehén de los cuarteles desde el ascenso de Chávez al poder. O quizá desde el famoso juramento de Güere, protagonizado por una camarilla de jóvenes oficiales que se comprometieron en una peculiar regeneración de la sociedad bajo su comando. Cobijado por la copa de un «histórico» samán convertido en tótem vegetal por Juan Vicente Gómez, fundador del ejército venezolano, se aclimató el plan de una dominación cuartelaría, decorada por los rituales del mitin y del sufragio popular, que ha llegado hasta nuestros días con pocos frenos de reciente cuño. 

El triunfo electoral de Chávez desembocó en la entrega del país a una militarada que se posesionó de lo que quiso e impuso su interés en asuntos que eran de dominio civil, desde el manejo del parlamento hasta el control de particularidades municipales. Mucho peor, hasta el control de la economía en asuntos primordiales como la industria de los hidrocarburos, o el movimiento de los mercados de barrios y poblaciones. Desde el destino de los barriles de petróleo que viajaban al extranjero hasta el tráfico de las arvejas y la confección de las empanadas en las orillas de los mercados, dependió del oficial de turno, o del coronel más ávido o del sargento más ignorante, como jamás se había experimentado antes. Y produjo fortunas colosales, desde luego. 

La hegemonía no solo se hizo más patente, sino también más dolorosa y cruda, en el área de la represión de la ciudadanía y en la explotación de las personas comunes en asuntos de la vida cotidiana. Bajo el mando de milicianos terribles, los métodos crueles de aprisionamiento y de supuestas búsquedas de justicia llevados a cabo en establecimientos de uniformados, en cárceles o en piojosos rincones de tormento, dependieron de órdenes y obediencias castrenses. Sobre cómo se cebaron en la gente sencilla bastan las crónicas infinitas del paso de choferes y transeúntes por las alcabalas de las carreteras principales o vecinales, cuyo resultado fue casi siempre, en el más afortunado de los casos, salir con menos de lo que se llevaba. 

Lo militar propiamente dicho desapareció de la escena, o se limitó a la compra de armamento sofisticado, aunque jamás usado, y a un trío de desfiles anuales en los cuales ocupaban lugar elocuente los símbolos partidistas y los elementos de propaganda política, algunos de ellos realmente estrambóticos. Un patria o muerte y venceremos vacío y fastidioso, invariable y estéril, en suma, como superficie de una institución divorciada de su peculiaridad y de sus funciones. ¿A cambio de qué? De abandonar asuntos esenciales para su corazón, como el resguardo territorial y la defensa de la sociedad, descuidados hasta extremos de dejación. Con excepciones dignas de encomio y de respeto supremo, por supuesto, no en balde todavía sigue en las cárceles un centenar de oficiales que se indignaron ante un declive tan escandaloso. 

Pus bien, las Fuerzas Armadas así descritas atacaron hace unos días campamentos de la guerrilla colombiana que se habían establecido en territorio nacional debido a su vista gorda, o a su generosa licencia. Es el primer acto ajustado a la conducta y a los fundamentos militares desde el ascenso de Chávez. Es la primera manifestación concreta del retorno de unas funciones esenciales de naturaleza republicana que tal vez ni siquiera recordaban ciertos comandantes, de tan arrinconadas que estaban después de casi tres décadas de abandono. No se de veras cuál resorte las movió, aunque puedo divagar sobre su origen, pero parece evidente que es un aporte espectacular de la transición. 

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