El partido demócrata ganó el 3 de noviembre el control de la Cámara de Representantes y del Senado de los Estados Unidos. Donald Trump ya no tendrá carta blanca en el Legislativo para aprobar leyes a su antojo. Pero un Congreso demócrata no cambiará de raíz la política exterior de Donald Trump, y tendrá poco margen de acción al corto plazo en torno a la política externa, viéndose limitado a investigaciones y controles presupuestarios.
El presidente Trump ya ha actuado en numerosas ocasiones en Venezuela y en Irán sin autorización del Congreso, y conserva el poder de veto, el cual requiere dos tercios de los votos para ser anulado. Históricamente, presidentes estadounidenses en situaciones similares, con menos rango de acción en casa, tienen más incentivos para mirar hacia afuera. Y en ese tablero, Venezuela se encuentra en medio de un forcejeo global en el que están en juego intereses energéticos y de seguridad de las grandes potencias mundiales.
Existe una gran incertidumbre sobre lo que estos resultados significarán para Venezuela; sin embargo, las dinámicas globales en curso tienen un alcance mucho mayor, y el nuevo Congreso tendrá una capacidad limitada para alterarlas. No esperemos grandes cambios tras esta victoria demócrata.
Trump e Irán: El corto plazo
En las semanas previas a las elecciones, la administración Trump advirtió a sus aliados del Golfo que se prepararan para una ronda breve pero intensa de ataques contra Irán a partir del 4 de noviembre si Teherán no cedía a las exigencias de Washington. Tras la derrota republicana, Trump moderó el tono: afirmó que no tiene planes inmediatos de atacar, aunque advirtió que «terminará el trabajo» si el régimen no cambia de conducta. Sin embargo, el 2 de noviembre, después de haber prometido no atacar antes de las elecciones, Estados Unidos realizó ataques limitados en la isla de Qeshm, en el estrecho de Ormuz, contra posiciones iraníes que disparaban misiles tierra-aire contra activos estadounidenses.
El líder supremo, Mojtaba Khamenei, ordenó a sus fuerzas armadas responder de inmediato y «sin límites geográficos» ante cualquier nuevo ataque, y actualizar su lista de objetivos estadounidenses e israelíes. La Guardia Revolucionaria ya identifica objetivos en «nuevos escenarios geográficos», y el canciller Abbas Araghchi advirtió que cualquier ataque recibiría un «golpe demoledor». Tras conocerse los resultados electorales, Teherán amenazó además con usar «nuevas armas» y con extender sus represalias a los países del Golfo que presten su territorio para un ataque. Irán tiene la capacidad de atacar oleoductos, instalaciones petroleras de los socios regionales de los Estados Unidos y bases militares estadounidenses o aliadas en la región.
Las implicaciones petroleras son inmediatas. El estrecho de Ormuz sigue siendo el principal punto de presión: Irán ofrece reabrirlo en dos días solo si Washington cumple sus demandas. Teherán rechaza reunirse directamente con representantes estadounidenses, pero mantiene negociaciones indirectas con la mediación de Catar y Pakistán. Araghchi las describió como «muy intensas», y en vísperas de las elecciones Trump afirmó que un acuerdo «podría darse». Sin embargo, la última ronda en Doha concluyó sin avances concretos, las diferencias de fondo persisten y fuentes iraníes consideran más probable un nuevo ataque estadounidense que un acuerdo.
Desde el inicio de la guerra en febrero, el precio de la gasolina en los Estados Unidos ha subido cerca de un 50% y el del diésel, alrededor de dos tercios. Esta vulnerabilidad refuerza la estrategia energética de Washington de asegurar fuentes de suministro en su propio hemisferio, una lógica que explica el acuerdo petrolero firmado con Venezuela en agosto.
El nuevo Congreso no entrará en sesión hasta enero de 2027, lo que deja a la administración un margen de dos meses para actuar sin los contrapesos de una mayoría demócrata. Pero incluso después de esa fecha, si la situación en el Medio Oriente persiste, es poco probable que el Legislativo modifique de manera significativa la posición de los Estados Unidos, ni frente a Irán ni frente a Venezuela.
Competencia entre grandes potencias
Desde hace más de una década la misión del Pentágono pasa progresivamente de la «guerra contra el terrorismo» a la «competencia entre grandes potencias», una postura que convierte en prioridad reducir la influencia china y rusa en Venezuela y en el resto de América Latina. Estas elecciones tendrán poco efecto sobre los intereses de los Estados Unidos en Venezuela, intereses que son evidentemente bipartidistas. Recordemos que las primeras sanciones a Venezuela fueron firmadas por Barack Obama, y Joe Biden aumentó la recompensa por la captura de Maduro durante su administración, ambos presidentes demócratas. Numerosas condiciones económicas, políticas y estratégicas convergen y hacen que Venezuela y América Latina sean parte importante de la estrategia geopolítica de Washington sin importar el Legislativo.
La guerra en Irán presiona el mercado petrolero y obliga a los Estados Unidos a priorizar su seguridad energética por vías alternas al Medio Oriente.
El debilitamiento de Irán y la nueva dinámica entre Estados Unidos y Venezuela tienen consecuencias directas para China. Pekín adquiría crudo con descuento de ambos países: antes de la guerra, el petróleo iraní representaba cerca del 13% de sus importaciones y el venezolano alrededor del 4%. La pérdida de estos suministros obliga a China a recurrir a proveedores más costosos, como Canadá, Brasil y países del Medio Oriente. A esto se suma una deuda venezolana con China estimada entre 10 mil y 20 mil millones de dólares, cuyo pago se realizaba mediante envíos de petróleo que hoy están bajo el control de Washington, una victoria estratégica que los demócratas dudarán en sacrificar.
Aunque en el corto plazo Moscú se beneficia, ya que los precios elevados, producto de la situación en Ormuz y el Medio Oriente incrementan los ingresos del Kremlin. En el mediano plazo el cálculo es diferente. La captura de Maduro le costó a Rusia su principal aliado en la región. Además, un eventual aumento de la producción venezolana impulsado por la inversión estadounidense reduciría los precios internacionales y limitaría la capacidad de Moscú para financiar la guerra en Ucrania.
A la dimensión energética se suma la de los minerales críticos. China concentra más del 90% de la refinación mundial de tierras raras, y los Estados Unidos importan alrededor del 80% de las que consumen, en su mayoría de origen chino. Pekín ya demostró en 2025 su disposición a utilizar esa ventaja, al imponer restricciones a la exportación de tierras raras durante la guerra comercial con Washington. Venezuela posee yacimientos de coltan, del que se extraen el tantalio y el niobio, y de bauxita, fuente de aluminio y galio, todos considerados minerales críticos por el Servicio Geológico de los Estados Unidos y esenciales para la industria de defensa. Aunque se han reportado indicios de tierras raras en el país, sus reservas aún no han sido cuantificadas, el Arco Minero del Orinoco, donde China había buscado acuerdos multimillonarios, se ha convertido en otro frente de la competencia entre ambas potencias.
Dada la convergencia de estos intereses energéticos, minerales y de seguridad, y estas victorias estratégicas contra China y Rusia es improbable que un Congreso demócrata, o incluso un presidente demócrata tras las elecciones de 2028, modifique de forma sustancial la postura de los Estados Unidos hacia Venezuela, a menos que se produzcan cambios significativos en el equilibrio del poder global.
Qué realmente cambia en el Congreso – la batalla por los billetes
A partir de enero de 2027, los demócratas controlarán la Cámara de Representantes y el Senado, pero sin los dos tercios necesarios para anular un veto presidencial: 290 representantes y 67 senadores, frente a los 54 escaños que tendrán en el Senado. Cualquier iniciativa contra la política exterior de Trump sería vetada, por lo que el nuevo Congreso recurrirá sobre todo a investigaciones, audiencias y citaciones, cuyo alcance podría verse limitado por un Departamento de Justicia que, según diversos reportes, responde al Ejecutivo. Su herramienta más poderosa sigue siendo el control del presupuesto: el power of the purse.
El primer frente del nuevo equilibrio de poder interno será el presupuesto del Pentágono. El año fiscal 2027 empezó el 1 de octubre sin un presupuesto anual aprobado, y el Departamento de Defensa (Renombrado a el Departamento de Guerra bajo la administración Trump) funciona actualmente a través de una resolución de financiamiento temporal que vence el 11 de diciembre de 2026. Mientras tanto, su gasto base está congelado en los niveles de 2026: unos 838 mil millones de dólares, a los que se suman unos 150 mil millones en fondos extraordinarios aprobados en 2025, en total un 44% menos que los 1,5 billones que pidió la administración.
Antes del 11 de diciembre, el Congreso saliente, todavía republicano, deberá aprobar las leyes de gasto anuales o una nueva prórroga. Lo primero parece improbable. La Cámara de Representantes solo ha aprobado 3 de las 12 leyes de gasto; el Senado, ninguna. Lo más probable es otra prórroga, aunque no se descarta un cierre del gobierno. Si es una prórroga breve, el presupuesto de defensa pasará al nuevo Congreso demócrata. Si la prórroga se extiende hasta septiembre de 2027, como anticipó el republicano Tom Cole, presidente del Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes, la primera batalla presupuestaria de los demócratas será la del año fiscal 2028.
Asimismo podemos esperar mayor transparencia sobre la transición y la nueva dinámica entre Washington y Caracas, ya que los comités del Congreso y del Senado pasarán a estar presididos por demócratas – legisladores ya pedían detalles sobre el manejo de al menos 13 mil millones de dólares en ingresos petroleros venezolanos y sobre los acuerdos energéticos con el gobierno interino.
Para los venezolanos
Por su ubicación geográfica y por tener las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, Venezuela es hoy un asunto de seguridad nacional para los Estados Unidos. Con el estrecho de Ormuz bajo amenaza, Washington tiene todos los incentivos para ampliar su influencia en América Latina: reducir la presencia iraní, china y rusa en la región, aumentar la cooperación en seguridad y lucha contra el narcotráfico con aliados regionales, y asegurar fuentes de energía más cercanas.
Si esa tendencia se consolida, una región más estable y con menos influencia rusa y china podría atraer inversión extranjera y no solo en materia petrolera.
Comprender el lugar de Venezuela en el mundo y cómo las grandes potencias tienen intereses en nuestra región nos ayudará a tomar mejores decisiones como ciudadanos y a tener un mejor entendimiento sobre los sucesos en nuestro país. Nada de lo que sucede en Venezuela responde a decisiones unilaterales, y mucho menos improvisadas. Actualmente somos parte clave de la estrategia global en la competencia entre grandes potencias.
Las midterms no van a reescribir la política de Washington hacia Caracas, pero sí van a determinar cuánto se le cuestiona, y cuánta luz se arroja sobre ella.






